martes, junio 23, 2009

Introducción a Bicéfalo

Han escrito de mí:

"Francisco es sensible hasta el desquicie. Se entrega al amor rotundamente. No pierde a la muerte de vista, lo que hace sus experiencias más intensas. Es buen jugador, apuesta alto. Es valiente al mirarse a sí mismo. También, duro al mirar a los demás. La poesía le da sentido, la experimenta en carne propia. Atento a las pequeñas sutilezas de la lengua, para él la escritura es objeto, punto de vista, forma primera y eterno proceso de corrección. Piensa a través de la poesía. Dulce y cruel, es dueño de una sexualidad intensa, desbordante, a la que desea explorar en sus pliegues y límites. Está marcado por el sexo, tiene allí la herida y el motor. Es creativo y ambicioso a la hora de relacionarse íntimamente. Parece desear la trascendencia, y de ese deseo lo protegen un cinismo y una lucidez conmovedoras".


J. R-T.

miércoles, agosto 08, 2007

lxxviii

Ella se asfixia para procurar el placer, se golpea en la espalda. Pero el hombre sólo ve sus piernas deformes, blanquísimas. Aquella tarde, ella le mostró las marcas en su piel enferma. Él le mostró la quemadura, las cicatrices. Pero no es cierto, no mostraron nada. La mujer le enseña las piernas de las que tanto se avergüenza. Antes no lo hacía. Él sigue sintiendo esa angustia pero no se lo dice: chilla como un animal cuyas heridas siguen abiertas, como un animal desollado que no se acostumbra a la caricia del aire, a su propia respiración.

*

Él le pide fotografías, ella se las muestra: un tobillo, la boca, cierta parte del cuerpo. Se han tomado con la intención de que no se pueda reconocer qué lugar de la carne es la que ha sido fotografiada.

*

La segunda vez que se vieron tomaron chai, consultaron el I-ching. Fuego contra fuego -eso respondió-. Hubo silencio, una larga despedida. Fueron al encuentro de la amante del hombre, en un cuarto de hotel. Tomaron vino en el camastro de hierro.



Corregido el 25 de noviembre de 2010

miércoles, marzo 22, 2006

lxxvii

Soñé que recibía correspondencia tuya. Me habías mandado, además de una carta en donde me hablabas de un posible viaje, cajas y más cajas (pequeñas, alargada) que contenían diversos artículos. Estaban etiquetadas. En las etiquetas se podía leer: "gomeros" (sic), "lápices", "reproducción a escala de Enritch" (personaje de Rey, dama y valet, de V. Nabokov), "carteras", etcétera. Abrí una caja: había un cómpas, gomas, una pequeña fusta, lapiceros. Había más de diez cajas llenas de agendas. Me preguntaba si habías escrito algo para mí. Encontraba algo escrito en la primera que abría, era un poema: "La sangre que derrama Francisco no es su sangre. A pesar de que lo que él cree" -es lo único que recuerdo ahora-. Estaba en una casa. Afuera, en las calles por las que bajaba agua a modo de un pequeño cauce, la gente bailaba, cantaba zamba. Me alejaba. Caminaba sin llevar ninguna de las cajas conmigo.



Revisado el jueves 26 de julio de 2007
y el 25 de noviembre de 2010

lunes, enero 30, 2006

lxxvi

Anotación marginal número uno:


Mi tía conserva fotografías en las que mi abuelo aparece desnudo con menores de edad. Hábilmente, mi abuelo apenas aparece en las fotografías: un perfil, un cuerpo que puede ser cualquier cuerpo. La mayoría muestran sólo a las mujeres y parte de la habitación: la ventana cerrada, el lecho, lo que seguramente es la parte de una lámpara fuera de cuadro. Mi tía aparece en algunas de las fotografías junto a su madre.

El mecanismo se repite una y otra vez. Nadie ha visto esas fotografías.


Anotación marginal número dos:


Mi abuelo tomó una fotografía en la que aparezco yo, sentado en el sillón de la casa paterna. Tengo menos de tres años. Están ahí el destello angular de la cristalería, los muebles oscuros y enormes, un amplio ventanal cubierto cubierto por las cortinas de terciopelo rojo.


Anotación marginal número tres:


Le toma una fotografía. Ella está desnuda.
Ella cierra los ojos. Él la mira fijamente: le es indiferente el olor de su entrepierna.


Todas las fotografías están en blanco y negro.





Corregido el 3 de noviembre de 2010

miércoles, enero 25, 2006

lxxv

Poema
para ser leído tres
veces por ti, por su boca,
juntos, en un lecho.

i

Una canción compuse
a la mujer del templo, pero ella no lo sabe.
A ti, Elis, que peinas tus cabellos silvestres,
así, sin escucharme.

ii

Dime, ¿vendrás mañana?
¿Vendrás aquella tarde cuando estuvimos juntos?
Es preciso que lleves por aroma el jacinto,
que no olvides el peso de tu amante,
ni aquella vez, cuando tu risa fue para otro.

Sólo así podrán tenerte mis brazos.

iii

¿Hay un dios, mujer, anterior a todos los dioses?
¿Por qué insistes, por qué, en mirar hacia el Oeste?

Tal es, mujer, tu Templo,
tu dios único y templo.

sábado, enero 21, 2006

lxxiv

ESTA CARTA LA ESCRIBIO ELLA:

12/04/06
Sueño:

tú me habías invitado a pasar unos días en un lugar que nunca se definió en el sueño, pero se sabía que el mar estaba cerca y que hacía tanto calor que la ropa era insoportable. Yo llegaba en la noche a tu departamento, era pequeño, me recordaba los cuartos del barco en el que viajé hace tiempo. Tenía una alfombra café, una pequeña mesa de comedor redonda con cuatro sillas tapizadas de color café, una sala blanca, muy cuadrada; dos recámaras y un baño que podían verse desde la entrada. Todo estaba a desnivel, había escalones en la entrada para bajar al comedor y otros en la sala. Tenía unas cortinas blancas que cubrían el enorme ventanal que estaba en la sala. Olía a vainilla. Llegaba desnuda, sólo con calzones blancos. Tú estabas completamente desnudo y contigo estaba la Hibakusha, vestida igual que yo, sólo con unos calzones blancos. Nos saludábamos con pocos ánimos, tú buscabas unas copas en un mueble que había en el comedor, estabas agachado y casi no volteabas a verme. Me dijiste que si quería vestirme podía tomar una playera de tu armario; fui a buscarla y tomé una enorme que tenía en la parte trasera un letrero de una marca de carros. Me senté con ustedes en la sala, tú y ella seguían desnudos. Decidí ponerme la playera porque me había dado cuenta que al llegar a ese lugar el vientre me crecía y me crecía. La J. tenía una cara de ratón mojado y unos movimientos de gallina que me hacían aguantar la risa. Con el transcurso del sueño su figura se fue suavizando. Tú y yo permanecíamos platicando en la sala, tomando un vino. Ella se iba y regresaba vestida, cada vez con un diferente atuendo. La primera vez regresó con un vestido naranja, floreado, que dejaba su espalda descubierta y se ataba por detrás del cuello, no era tan corto, le llegaba un poco debajo de las rodillas. En ese momento sus facciones y sus movimientos cambiaron. Se veía guapísima. Tú preparabas un arroz rojo con unos spaghettis enrollados que le daba forma de conos y nos los servías en platos grandes. Yo jugaba un poco con el tenedor, tratando de quitarle el spaghetti. Todos hacíamos lo mismo y nadie se lo comía. La J. volvía de nuevo con un pantalón de vestir azul marino y una camisa blanca con rayas del mismo azul. Se veía elegante, esta vez la veía más como la he visto en las fotos. No recuerdo de qué platicábamos tú y yo, sólo recuerdo lo que ella decía cuando regresaba con el nuevo atuendo. La primera vez me hacía muchas preguntas sobre mi vida; la segunda vez hablaba fuerte, como queriendo llamar la atención y decía que tenía que salir a trabajar. Ella te amenazaba con hacer algo, no recuerdo bien qué, y tú y yo terminábamos persiguiéndola por unas oficinas, subiendo y bajando escaleras, ahí ya estábamos vestidos. De pronto estábamos otra vez en el departamento, ella con el vestido naranja, secándose los pies sentada en el sillón, con el cabello mojado. Me platicaba sobre una película que yo había visto ya en el sueño. Una escena de la película era aquella en la que los dos aparecíamos subiendo unas escaleras persiguiéndola, la alcanzábamos en el siguiente piso. Cuando salía del elevador, ella se topaba con Salma Hayek y se besaban (¡qué cosa!). Después las escenas se mezclaban con las de otra película mexicana, (“La última mirada”), hasta entonces ella me decía que la película era una obra maestra, pero cuando todo concluyó en que se trataba de ésta, me reí (porque es una película malísima) y traté de escapar de la conversación. De pronto apareció en la escena del sueño Jorge, un conocido que parecía haberse metido en el cuerpo de uno de mis amigos, Leonardo. Estaba sentado en una silla dándonos la espalda. Catalina preguntaba “¿qué quieren hacer en la noche? Podemos ir a ver la película de la que les he hablado; en la plaza habrá títeres, se presenta la Cooperacha, o prefieren ir a ver al Rey León”. Yo me reía y le decía “la Cooperacha es malísima, daría lo mismo ir a ver al Rey León y la película, prefiero ir a caminar por la playa”. Jorge volteaba y gritaba “¡cómo puedes decir que la Cooperacha es mala, no puedes perderte las aventuras del Capitán Gazpacho”. Tú nos observabas y reías tranquilamente. Me levanté y fui al baño, en el piso estaba pegada la foto que pusiste en tu blog, y otra mostrando los genitales de la J.

En ese momento desperté, en el transcurso del sueño parecía que hacía anotaciones paralelas, nunca me había visto de esa manera en un sueño, tan de fuera. Hice lo mismo que en el sueño, me levanté y fui al baño, cuando regresé no pude evitar observarme desnuda en el espejo para ver de qué tamaño era mi vientre, Estuve pensando, al mismo tiempo que el sueño volvía a tener conexión. Estaba en una sala de exposición, ante unos cuadros grandes con técnica mixta: agua fuerte, pastel y montajes. Alguien me decía en ese momento que era una exposición tuya. En el primer cuadro, que al mismo tiempo era el último, pero yo lo había tomado como el primero, había un mensaje para mí en letras pequeñas en la parte inferior, decía : “esta imagen es para ti”, arriba de la frase había un rectángulo en el que aparecía con letras de diferentes colores la palabra “MARINA”, todo consistía en una ilusión óptica, tenía que mirar fijamente la imagen para que después este se convirtiera en una imagen gigante que multiplicaba la imagen principal del cuadro, me es un poco difícil describirla. Esa imagen sólo podía verla yo. Los demás cuadros eran similares, pero en medio de todos había un gráfico al que le ponía poca importancia, hasta que de pronto alguien me daba unos lentes con gran aumento que me permitían verlo más claro. Me gustaría dibujártelo, explicaba ciertos aspectos de los recursos empleados en el sadomasoquismo, había palabras muy extrañas cuya morfología referían a la forma de los genitales. Había algo muy chistoso: decía que antes de chupar un pene había que extraer el líquido salino que tenía, porque la lengua retenía las sales y los líquidos y podría quedar muy inflada; también había otra advertencia en el uso de la caca, y explicabas gráficamente que por ningún motivo se podía guardar la caca de un día para utilizarla al día siguiente porque su estado podría ser terrible, y a un lado dibujabas una caca con pelos. Tal vez eso fue lo único que pude entender, lo demás era muy extraño, parecía que estaba tan científicamente expuesto, todo sobre un fondo azul cielo; los gráficos eran negros y algunas líneas de un azul más fuerte.


Mi sueño continuaba alejado de todo lo anterior, después me encontraba en una fiesta con todos mis amigos de la prepa, robábamos un taxi para llegar a tiempo a una feria. Yo seguía pensando en el gráfico y en el significado de las palabras. Después todo estaba mezclado, estaba en la sala de una casa vieja que ahora ya no existe y que siempre sueño, en donde pasé mucho tiempo en mi infancia. Observaba fotografías de la dueña de la casa, que tampoco existe ya.

Fue chistosa la recreación en mi sueño de la J. Se le notaban los ojos azules y el cuerpo redondo, así fue como la vi, redondita.

Antier soñé que el mismo muñeco de siempre me mataba, al otro día mi madre me dijo que ya lo había tirado, sentí miedo.

C.

jueves, enero 12, 2006

lxxiii

















Se marchitan los frutos,
No tengo que decírtelo.

Poco tiempo nos queda
Si vuelve todo en calma,
Si tus pies van tocados de una gracia terrible;
Si adelantas los pasos
Sin por qué, no sé a dónde.


sábado, enero 07, 2006

lxxii

La tarde es la misma. Se insiste en los pasos, en los días que ya nada dicen, que no pueden decir nada. ¿Qué hacer si todo da lo mismo, si aquellos pequeños impulsos que me arrastran a la vida se consumen apenas al acariciarlos? Ganas de entregarme a la autocompasión, pero no logro ni siquiera eso.

Hay mucho de engaño en estas líneas, un tono de voz que se finge, una sensibilidad. He cambiado, terriblemente, tanto que no me reconocerías, tanto que no me has reconocido.

lunes, enero 02, 2006

lxxi



"Creo que en cada amorío que tiene un escritor llega el momento en que la mujer voltea para decirle: "No hablas en serio, ¿verdad?". Recuerdo que hace varios años pasé una sola tarde con una mujer; estábamos muy borrachos, y en algún punto ella me comentó: "Esto es lo que haces, ¿no? Hablas con la gente, la orillas a pensar que realmente te interesa, pero en el fondo te importa un carajo."


En Entrevista con John Banville: En el reino del extrañamiento. Letras libres. Diciembre 2004. Año VI. Nùmero 72. Página 74.

domingo, diciembre 18, 2005

lxx

Quedé de verme con ellas en un café.

Una vestía de verde, la otra de negro. Las dos llevaban el cabello suelto. La de negro pide café, la de verde pide agua. Una fuma, la otra también. Viviré mucho, me dice la de negro después de leer mi mano. La otra se hace pasar por hombre. Una de ellas me gusta demasiado. A una le regalo un libro de Jorge Volpi, a la otra le regalo uno de Boris Vian. La una mueve a la compasión, la otra a la violencia.

Diciembre de 2006 (¿?)

martes, diciembre 13, 2005

lxix

Tendrá amarrados los senos, estará vendada, llevará las manos atadas. La primera serie de fotografías será de su rostro. Orinaré sobre su cabello, sobre su boca. Luego vendrán los objetos en su vagina, en el ano. Luego el puño, el peso del mismo. Quiero humillarla, sólo eso, nada de sexo. Las fotografías serán publicadas en un blog creado con una cuenta alterna. ¿Te gustaría verlas?. Mi padre solía fotografiar a sus amantes. Lo sé porque una de ellas le mandó a mi madre una serie de fotografías que yo descubrí más o menos a los once años. La mujer aparecía desnuda, los mismo de pie sobre la cama que acostada, mirando a la cámara, mostrando el sexo. Eran cuatro, tal vez cinco, en formato pequeño, en blanco y negro, metidas en un sobre de fieltro oscuro. Nunca entendí por qué mi madre las conservaba. Ella sabía, estoy seguro, que yo las frecuentaba de vez en cuando. Solía mirarlas largamente. No recuerdo haberme excitado con ellas hasta algunos años después. Una sensación que no podría describir, porque he olvidado, pero que seguramente se parece a la culpa, me invadía al masturbarme con las fotografías de la mujer con la cual mi padre se acostaba. Pensaba que, probablemente, esa era la mujer por la cual mi padre había dejado a mi madre. Dos años después las mostraba sin pudor a los amigos, contaba la historia (lo poco que sabía hasta ese momento) de la mujer y de mi padre. Luego las perdí sin saber dónde, ni cómo. Aún recuerdo el cuerpo de la mujer, su mirada, su sonrisa, la disposición de su cuerpo. ¿Qué rostros me esperan, qué cuerpos? ¿Qué disposición guardaré para su rostro, para sus miembros gastados? Luego tendré que desatarla, su mirada caerá sobre la mía. Imagino su asco y el mío, algo ha de quedar de todo esto.

sábado, diciembre 10, 2005

lxviii


"He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o veinticinco años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo... Y si uno se casa con una muchacha y un día despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas."

J. C. Onetti, El pozo.

martes, diciembre 06, 2005

lxvii

Notas para un epitafio:

Si murieras joven, si murieras pronto, si pudiera morir contigo, que se diga que hubo tardes, un abrazo, la fatiga que nos cubre con sus presagios adversos; que se diga un cansancio de mirar, una tarde junto al mar que no tuvimos, dos cuerpos, algo que ya desaparece en la penumbra.

sábado, diciembre 03, 2005

lxvi

Sueño en dos movimientos (escenas)

Escena primera
:

Estoy en una habitación oscura, con compañeros de la escuela. Vemos una película. La película me recuerda, vagamente, a Fassbinder y, en menor medida, a Wim Wenders. No sabría decir en qué. A cada movimiento de los personajes los mismos se desdoblan siguiendo secuencias distintas: el uno prosigue el gesto, el otro se queda inmóvil o se detiene en medio de la pieza para decir su diálogo, el uno hace el mismo movimiento con pequeñas variantes -el movimiento de una mano, la mirada hacia otra dirección, etc-. Un hombre es una multitud de hombres. Luego los mismos se desvanecen para seguir los movimientos de uno sólo, es decir, la secuencia atiende una posibilidad de entre las demás posibles. Una película cuya "reflexión gira en torno a las posibilidades" -decía un compañero- Un hombre se incorpora de su asiento, varios hombres se incorporan de su asiento, unos más se quedan sentados, otros miran directo hacia la cámara. Hay muchos hombres, hay sólo uno. El hombre se incorpora.

Escena Segunda
:

En el estudio del padre, en aquella habitación llena de libros, marcada por el escritorio de madera oscura, el hombre seduce a su esposa. La escena es en blanco y negro. Cine mudo, sin música de fondo. El hombre intenta seducir a la mujer que se resiste sin oponer ningún tipo de resistencia. años treinta o cuarenta. Así visten los personajes: él con un traje oscuro, ella con un vestido pálido y largo. La descripción ha sido bastante general y pobre. Ella es seducida por su esposo, que termina por tratarla pertinentemente: de manera brusca, anteponiendo su deseo y siempre su propio deseo. La mujer es tomada sobre el escritorio, con la ropa puesta. Sobresalto. Alguien entra a la habitación. Los espectadores no podemos saber quien (la cámara sigue enfocando a los padres, que recomponen sus vestidos). Es el hijo. Los ha escuchado. Los padres intentan, desesperadamente, inventar alguna excusa. La madre le dice al hijo que practica su latín, que el padre la corrije y le enseña. Parodia. La madre se envuelve en una cortina blanca, a modo de toga: empieza a recitar versos latinos, probablemente de Virgilio. La madre exagera cada gesto como es propio hacerlo cuando se declama una poesía clásica. El padre es complice y comparsa: también recita, también exagera los movimientos; toma a la madre por la cintura y la levanta del suelo; ella extiende los brazos como si volara, sigue recitando a Virgilio. El hijo acusa, señala con el dedo.

martes, noviembre 29, 2005

lxv

Primer escena:

Me ha dicho que ha comprado un collar y una correa de perro. Que en aquel hotel, a solas, se ha amarrado los senos con un nudo en forma de ocho; que ha pasado la cuerda por su entrepierna; que ha atado la misma por detrás, como ha podido. Que ha atado la correa a la ventana, que se ha introducido un envase de desodorante y algo más en los dos orificios. Que la cuerda impedía que salieran. Que ha terminado en un "orgasmo largo e intenso" (sic). Que aquello no le basta. Que quiere ser, según sus propias palabras, "una gran puta". ¿Para qué? Para satisfacer a diario a su pareja -esa que no tiene-; para saber cómo. Me pregunta si yo estaría dispuesto; me dice, también, que ella está segura de que aprendería mucho conmigo, a pesar de mi edad. Yo digo que sí, que tal vez. No dejo de reír. Me veo repitiendo las escenas que he venido leyendo, alguna escena que me resulte familiar por haber estado antes ahí, de otro modo, con otro rostro distinto al suyo. No dejo de reír, río por desgano. ¿No le parecería a usted bastante aburrido? También me dice que quiere ir al cine, que hace seis años que no va.


Escena intermedia (poco probable):


Imagino a dos en una habitación austera, sin muebles. El uno amarra al segundo, le golpea hasta cansarse. Nada de sexo. El uno dispone del segundo para aquel procedimiento maquinal, programático, para eso inconfesable; para eso que tantas veces ha dicho: no me atrevería.


Última escena, la menos probable:

Una pareja compra los boletos para la función de las cinco. Ella le confiesa que hace seis años que no ve una película en el cine. Ríen como dos tontos con los malentendidos románticos de Jeniifer Aniston.


domingo, noviembre 27, 2005

lv

Ella será el incio de todo, pero no lo sabe. Me invita a Aguascalientes, una vez más, pero esta vez he aceptado su invitación. Más de treinta años tiene ella, más de dos hijos, más de una vez en sesiones sadomasoquistas. Emocionalmente frágil, como la mayoría que hemos dado de tumbos por los grupos de Bdsm. Es decir, la presa ideal. ¿Se atrevería a denunciarme? No creo. Con todo, no deja de inquietarme la posibilidad de que lo haga. Tiene el correo que aparece en este blog, y eso la conduce a mi nombre completo. Un error de cálculo, es todo. La necesidad de sentirse protegida, de encontrar algún remedo que haga de padre -ese que seguramente no tuvo-, le hace no advertir la manipulación, la soga en el cuello; le hace deponer los riesgos ante un discurso más o menos sensato, ante unas palabras que intentan transmitir cierta ternura, esa porquería tan necesaria. ¿Qué le hace pensar que todo será sano, seguro y consensuado? No hay en ella una apuesta estética, no ha de incorporar la experiencia a un discurso más o menos atractivo, como suelen hacer algunos. Basta de especulaciones y obviedades freudianas. ¿Qué hay de mí? Yo bien, gracias.

lxiv


Francesca

You came in out of the night
And there were flowers in your hands,
Now you will come out of a confusion of people,
Out of a turmoil of speech about you.

I who have seen you amid the primal things
Was angry when they spoke your name
In ordinary places.
I would that the cool waves might flow over my mind,
And that the world should dry as a dead leaf,
Or as a dandelion seed-pod and be swept away,
So that I might find you again,
Alone.


lxiii

Entrará cada tarde
en el templo, su templo.
Llevará porque sí
la embriaguez en el cuerpo,
los miembros desbastados
llevará porque sí.

Del peso de su cuerpo
se sabrá la dulzura,
el goce en cada giro.

Entrará cada tarde
en el templo, su Templo.
A la diosa bifronte
pedirá porque sí.

La plegaria olvidada,
sin saber el motivo.

sábado, noviembre 26, 2005

lxii

La Carolina me dice que tiene una paloma ciega y con el cuello roto. Ciega y loca, dice-. La encontró en la mañana. Le he dicho que son la una para la otra.

Me dice que le ha puesto por nombre Ameana, que tiene que matarla, que es necesario hacerlo.

Ni siquiera tiene que decírmelo: la semejanza es siempre insoportable.

lunes, noviembre 21, 2005

lxi

Todo bien, el masoquismo alimentado como se debe, regularmente y sin remilgos, sin preguntarse por qué. Mecanismo que, sin advertirlo del todo, sin advertir sus alcances, se ha instalado de manera definitiva -o eso parece-. Hay ahí cierto riesgo, que el mecanismo, aquel de las pulsiones sadomasoquistas, se disloque sin posibilidad de ajustes, sin la posibilidad de enmendar los giros imprevistos que provoque. El cómo, las prevenciones respecto a, no pueden ser sino el fruto de una reflexión sobre el mecanismo mismo y sus engranes, no puede ser sino una pregunta por el por qué. Que dicha reflexión retroalimente es ya un supuesto optimista. Generalmente el por qué termina por instalarse a modo de justificación o explicación a contentillo; termina por ser el fruto de un proceso tibio e inconsistente. Cierto temor se instala: el mecanismo terminará por ganar cierto fuero, cierta autonomía; terminará por ejercer a pesar de las prevenciones, a pesar de los cuidados. Lo supongo instalado, fuera de todo control posible.

Llegará el ya no me importa, la indiferencia. La semilla está ahí, crece, lo devora todo, las raíces.

Enviado: 08/06/2005 02:22 p.m.

martes, noviembre 15, 2005

lx

Vomitar sobre tu rostro, eso quiero. Dejar de lado las trampas del discurso (el amoroso, si se quiere, el simple coqueteo, la palabrería con la que solemos acercarnos al otro) . Me gustaría sobre tu boca abierta, me gustaría antes o después de los golpes, poco importa. Eso, y meterte un puño en el culo hasta que chilles. Sí, exagero. Me gustaría ver tu rostro mientras te cuento esto. ¿Y si te ofreciera, quién sabe cómo, hacer conmigo lo que gustes, lo que estés dispuesta? La pregunta es la misma: ¿cómo seducirte? Tendría que escribir buscando sublimar la violencia, o bien, describiéndola de tal modo que pasara de ser una simple provocación a algo que pudiera resultarte atractivo. Un ejemplo: " (...) una buena manera sería diciéndote que cada que vez que he tenido la oportunidad de ejercer el abuso no me he atrevido. Eso, que soy un mojigato de mierda, un niñito bobo incapaz de romperle la boca a una mujer". ¿Qué papel te viene mejor: víctima o victimario -si es que los opuestos se cumplen y, más prestamente, se complementan-? Todavía: ¿cómo seducirme?, ¿cómo lograr que toda esta perorata me resulte atractiva?, ¿para qué tanto tumbo con un deseo que, en su aparente radicalidad e intimidad, se encuentra ahora expuesto de manera pobre y grosera? Porque lo más seguro es que si fuera mi intención seguir escribiendo ahora, si continuara, sólo lograría enumerar un par de lugares comunes, una violencia que no es la propia, una desproporción. La pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo seducirnos?, ¿cómo?

sábado, noviembre 12, 2005

lix

Hijo prodigo, despojado de propia mano y por otras, vuelvo a la delicia del amor y sus promesas. Vuelvo por hartazgo, claro está. Vuelvo no para decirte que me gustaría morir contigo, sino para decirte que me gustaría morir contigo. Vuelvo sin esperar promesa, porque sí, Vuelvo para no perderme los detalles, para mirar fijamente. Narcicista. Sólo podre amar cuando el otro sea mi doble, cuando sea el sometido. La trampa sigue siendo la misma, el afán el mismo. El revolver ha sido descargado dos veces contra la sien, no hay novedad, ¿qué podría haber?. Las heridas son las mismas, esperando ser abiertas; pero esta vez no preguntaré por qué, no me diré al oído: pobrecito el pobre que eres, Francisco, tanto que sufres tanto. ¿A razón de qué intento hablar de mí una vez más? Intento hablar de lo que no es, de lo que no se sabe, de lo que apenas se alza como un nombre demasiado gastado, parte de un discurso propio que intenta ser parodia, arrebato, límite.

*

Desatino. Siempre he intentado el giro de lo uno a lo otro; eso, me he resistido a reír, a cagarme de risa, a darme de palos como se los dan al perro que husmea la carnicería, la mesa donde come la familia; sigo contando la misma historia de cuando todo era tan bueno,; la cuento sin creer en la historia, sí en el efecto que provoca en el que escucha, en el que sonríe y dice para sí: qué buen tipo el Francisco, pobre diablo, ¡pero si hasta dan ganas de acariciarle el lomo!.

*

A ese animal desnudo es a lo primero que renuncio; es, también, lo primero que procuro. Falso movimiento.

viernes, noviembre 11, 2005

lviii

Orinar en su rostro, no en su espalda. Tomarle del cabello y, clichés más, clichés menos, escupirle el rostro después del golpe, de los que sigan. Hartarse de todo, dar sin entusiasmo contra sus muslos, si es que los hubiere. Asquearme de todo aquello, religiosamente, porque es preciso conservar algo del asco, un poco de aquello para poder llegar, besar a mi madre, conversar con los amigos, tomarte de la mano mientras tu padre habla de la tradición latina, mientras escuchamos a la Callas. Regresar enfermo y sin victoria, sin saber cómo, con los intestinos pudriéndose, con el sexo llenándose de llagas, lentamente. ¿Qué más da si aquello viene a instalarse con sus heraldos, si todo es un presagio adverso? Habrá que inventar el fragor de la batalla, la certeza del golpe, el que desbasta al otro, y más prestamente las victorias, las que no deben faltar. Porque todo sigue siendo lo mismo, porque es preciso tenerlas. Mientras tanto que se pudra el vientre, que se llene de llagas, si es que hubiere.

lvii

Texto Bicéfalo:


Camina en la terraza,
ahora que la lluvia cede contra
los frutos, los consume lentamente.
Y pide, bendita, llena de gracia,
por aquello que te marca
y te deja sin hijos,
sin esos que me llaman febrilmente
y corren a tu lado.
Déjame recordarte
con los amarillentos pies descalzos,
pisando aquellas flores,
alegremente.
Camina en la terraza
ahora que la lluvia y aquel árbol cede
ante lo oscuro, y nada más se escucha.
Ahora que atardece.


ó


Hay la mujer, aquella,
cuyo aroma no vuelve,
matinal, cada tarde;
cuyo cabello no imita las aguas
oscuras del Leteo, cuya sonrisa consta
desprovista de gracia.

Hay la mujer, se dice,
herida en el costado,
tomada por despojo.
Hay la mujer propicia
para mi cuerpo y el tuyo, para la miseria
de juntarnos, reír, guardar silencio,
ante las oscuras aguas del río.

miércoles, noviembre 09, 2005

lvi

Carta abierta a la Carolina:

¿Qué hay detrás de la enunciación -gozosa, por qué no- de la intimidad? Algo debe de haber más allá de la simple exhibición, del recuento egotista del Yo y sus pequeñas miserias (esas que tenemos por recuento épico, primero, imperativo, y sobre el cual volvemos siempre para decir: este soy yo, esto lo que me acompaña) ¿La exhibición como parte de un juego de seducción?, ¿la simple exhibición lasciva, obscena, grosera, como un fin en sí mismo?, ¿la exhibición como una suerte de introspección enfermiza, “onanista”?, ¿la exhibición como pornografía del otro, como radicalización y empobrecimiento del deseo? (...) Note usted que he escrito “empobrecimiento del deseo”, y no su contraparte, que resulta más obvia: “posibilidad, desdoblamiento del deseo hacia el otro”. Ya sé, no me digas. Hay todo de torpeza al escribirte. Háblame del auto flagelo, del tuyo. Yo le hablaré del mío, a su tiempo. No te importe, yo pagaré el precio, puntualmente, si es que lo hay. Tal vez no exijas nada del voyeur, tal vez sólo te abandones a la mirada del otro sin pedirle ni la cuarta parte. Yo exijo un poco de atención, sabelo. Eso, hablado está: "haya comercio entre nosotros".

Francisco.

lunes, noviembre 07, 2005

lv


"Siempre es difícil hablar del amor y es imposible explicarlo; y más si se trata de un amor que nunca conoció el que escucha o lee, y mucho más si sólo queda, en el narrador, la memoria de los simples hechos que lo formaron."

Juan Carlos Onetti, El astillero.

liv

Bailamos, cada quien a su paso, tratado de encontrar al otro. Llevabas un vestido negro, los afeites insinuados, apenas, el cabello suelto. Te veías hermosa- Te he dicho después, demasiado tarde. Y oscuro tu cabello se iluminaba, largando aquel aroma y la risa, la muy blanca. Bailamos. Debí decírtelo entonces, cuando tomaba tu cintura después del giro, cuando los cuerpos juntos. Parecías una niña, sonreías como tal, y como tal te desprendías para volver luego, distraída, sin atinar a qué. No había más, sólo nosotros. Vuelves a mí como aquella noche, tocados ambos por una prisa terrible, sin saber cómo y en qué, si es que la espera y el aire se lleva nuestros labios, el sabor de la boca, el afán de morirse y morir juntos, alguna vez, alguna tarde.

Bailamos, debí decírtelo.
Querétaro, Qro, a 21 de octubre.

domingo, noviembre 06, 2005

liii


i

Atardece.
Eso y poco
salvo la plaza, el árbol, los árboles.
Es la tarde, mujer, religiosamente,
y en cada voz se escuchan
otras voces.

Sonreímos.

¿Por qué no enlazamos las manos?

Te pregunto.
Todo sin respuesta.
Seguimos dando de tumbos
como dos muertos que el mar devuelve
al mismo lugar, a la misma orilla,
en tiempos distintos.

Poco importa que todo sea sin respuesta.

El sol en el costado.
Intento no llorar
frente a ti como un niño.
Todo en vano.
Sonríes.

¿Por qué no enlazamos las manos?

Te pregunto.


Guanajuato, Gto, a 19 de Octubre.

jueves, noviembre 03, 2005

lii

Me gustaría volver a quemarme, ya no por un arranque de histeria, ya no como parte de un arrebato "emotivo", ya no para "castigar" a alguien queriendo hacerla sentir culpable, ya no para llamar la atención. Quiero hacerlo con la certeza, ésta que me acompaña, de que puede ser una experiencia "distinta", del lado del goce. Me gusta calcular, desde ahora, la posibilidad de procurarme aquello en una situación diferente, en la que el cuerpo, la moral del mismo (a saber, la mía) se encuentre en entredicho. Me gustaría ser quemado por alguien más mientras me asfixia (digamos con una cuerda, un lazo), eso, o mientras me humillan, feminizado, arrancado de toda salvaguarda (yo soy un hombre y un hombre nunca hace esto). Con todo, no deja de ser un riesgo calculado; con todo, la noción de límite permanece. No me queda sino atrever de propia mano, por ahora. Me imagino como cuando era adolescente, con un cinturón al cuello, asfixiándome mientras me procuraba un poco de extenuante, amarillento placer. Me imagino quemando una vez más mi muslo izquierdo. Eso, o haciéndolo sólo por el dolor, sólo por la sensación de abandono. Me imagino quemando las heridas de mi brazo izquierdo, como intentando borrarlas.

domingo, octubre 30, 2005

li

De: "k_l_i_n_g_z_o_r"
Fecha: Mié Jul 13, 2005 6:11 am Asunto: Bicéfalo
k_l_i_n_g_z_o_r Sin conexión Enviar correo
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El tigre, el blanco caballo desbocado, una bestezuela que ríe. Eso más lo que repite la misma imagen, el mismo acomodo, salvo algunos detalles sintácticos, salvo los ablativos absolutos, y el hocico abierto: Dominique Swain, tu doble, y sus blancas piernas, sus pies al aire, la boca que devora mi boca, metidos como estamos en aquel baño, en aquel bar donde los vodkas y el ansia terrible de fingir que se puede y se debe morir por el cuerpo amado. Importa que sea todo sin retorno, todo azar relumbrando, todo aquello, lo distinto, claro está, salvo lo que no se dice: el giro del tiovivo, los versos de Valante, y los pies descalzos, el giro tras el giro, sobre la tiery los pies vulgarmente descalzos, y los pies descalzos sobre los mosaicos oscuros.

sábado, octubre 29, 2005

l

Y bien, ¿algo más? Por supuesto. Debo decir, también, que mi miembro es ridículamente pequeño. ¿Qué tanto? Pequeñísimo. Pero no tan pequeño como para que no se quejen mientras las abro. Hasta muy tarde he sabido que el tamaño importaba. En mi niñez no participé de esos atisbos sexuales que se dice son tan comunes. No se lo enseñé a nadie ni nadie me enseñó el suyo. No participé en competencias para ver quien orinaba más lejos, no participé en masturbaciones colectivas. No tuve acceso a imágenes sexuales sino hasta muy tarde, tal vez demasiado. Luego entonces, cuando las mismas llegaron (recuerdo los grandes falos propios de la pornografía) supe que algo andaba mal. Con todo, no llegué a angustiarme. Es decir, me angustiaba la posibilidad del contacto sexual, de las aproximaciones, no la función del miembro condicionada por nociones de magnitud (bien a bien no sabía en qué consistía el acto sexual, la copula -sic-) Entregado a un onanismo vehemente (llegué a masturbarme trece, catorce veces al día), las aproximaciones sexuales, el escarceo, quedaban siempre pospuestas. Me refugiaba en la idealización amorosa, no en la proyección sexual del ser amado, no en el deseo del cuerpo (me angustiaba mi cuerpo, la desnudez del mismo, el encuentro con el otro) .Fue hasta mi primer acercamiento sexual que la "angustia-del-pene" se hizo presente. El relato está ahí: perdí la erección apenas puesto el condón. La escena se repitió una vez más. Luego todo se resolvió con donosura: la bala destrozó mi cabeza, me entregué a una sexualidad desbordante, marcada por la voracidad del cuerpo. Me entregué con gozo a una intimidad en la que todo era riesgo. Encaminé mi sexualidad hacia un opuesto afortunado: la perversión. Ningún pudor, ningún sentimiento de culpa. Alguien me dijo que mi vida estará marcada por el sexo: es cierto, lo está. He sido cunsumido por otros cuerpos, he devorado a quien se ha atrevido a entrar en mi cabeza, la otra, la marcada por la intimidad. Eso, y cierto falso pudor, cierta impostura, cierta inclinación por las mentiras.

sábado, octubre 08, 2005

il

Censura.

La entrada original trataba el asunto del color de mi ano. El texto era, evidentemente, una provocación. Me gustaba imaginar, en ese entonces, que una mujer me penetraba con un strap on. En el texto me preguntaba cuál sería la reacción de dicha mujer al abrir mis nalgas, al encontrar esa tonalidad absurda y ridícula por mero contraste con el resto del cuerpo. Fuera de eso, el texto era, como bien ha apuntado Luciernaga en los comentarios, un "aviso de ocasión".

Cabe decir que, una vez feminizado (vestido y pintarrajeado como una mujer), el asunto planteado en el texto poco importó. La J., con el strap on puesto, se dedicó a follarme de lo lindo. Ahora sé por qué a las mujeres les gusta tanto que las penetren con violencia, por qué les gusta saberse lo que llaman puta.

Sí, grité como una puerca. Sí, también esto es una especie de provocación, pero una provocación unívoca, cabeza a cabeza, entre Francisco y Francisco.


domingo, octubre 02, 2005

xxxix

Esto recuperamos.

El destajo, las partes
del animal, sus entrañas por tierra,
la violencia del coito.

Acaricia el aroma
de mi sexo y el tuyo,
el muslo derecho, la quemadura.

Tal es, mujer, tu templo
-la muerte, la risa, ella bailando-,
tu dios único y Templo.

xxxviii

: La primera vez fue en el mes de marzo. La habitación, en un segundo piso, tenía un ventanal que daba a la calle. Había un canal que en los meses de lluvia arrastraba las hojas. Había llorado toda la tarde. Faltaban pocos días para el siete. Pensaba en ti. Todo era sorpresa. De esos días recuerdo tan poco. Pasaban de las seis de la tarde. Era un domingo, como hoy. Meses después caminé bajo la lluvia con una compañera de curso mientras pensaba en la muerte. Había mucha puesta en escena en cada corte. A veces sólo buscaba un motivo para hacerlo. Tiempo después podía cortarme sin tener que llorar, sin tener que estar en “crisis”. Un día la compañera de curso (en una cafetería) tomó mi brazo: pegó la nariz en la herida, la olió largamente ante la mirada de un tercero. Llovía, era de noche. Me sentía tan solo en ese tiempo que fue inevitable no enamorarme de la compañera. En ese tiempo las distancias me afectaban de un modo distinto. A veces pensaba en las cicatrices. Sigo pensando en las cicatrices. Hace un año me corté frente a ti, ¿recuerdas? La última vez fue en los muslos, con tibieza. Sigo sintiéndome solo. Cerca de las quemaduras de cigarrillo. Las últimas veces ha sido más por placer que por angustia. Lo hacía para llamar la atención. También he chantajeado. Me gustaría tener más resistencia ante el dolor. El día que te casaste ha sido el único día en que he querido tener el valor suficiente como para matarme. En ese tiempo vivía en una especie de buhardilla en el centro de la ciudad. Me gustaría cortar otro cuerpo. Tomaba jarras de agua fría con café y alcohol para curaciones. Encuentro que no hay mucho que contar: sólo me cortaba. A veces extraño los amaneceres, el aroma del café recién hecho, la lluvia en las aceras.

martes, septiembre 20, 2005

xxxvii


: Apatía. Deja de atraerme lo que hasta hace poco me interesaba. Conservo lo menos. Supongo eso me hace seguir escribiendo acá. Sigo esperando. Estoy cansado de mi pecho. Quisera abandonarme en tus brazos. Quisiera las tardes que hemos perdido, que no han sido nuestras. Los días han sido largos, hermana, vendrán de nueva cuenta. Llueve. Durmamos juntos, como dos niños.

domingo, septiembre 18, 2005

xxxvi

: Voy con un amigo a una fiesta. Treinta en una casa, entre los 16 y los veintiuno de edad. Me ofrecen una mezcla de ron y refresco que acaban de preparar. La proporción aproximada es de 350 mililitros de ron por 500 de refresco. Los chicos están ya borrachos, las chicas también. Alguien porta un cuchillo. Algunos creen ver en simples miradas la invitación a los golpes. Se hacen de palabras, las chicas intentan conciliar. Después del escarceo algunos fanfarronean. Se escuchan frases del tipo: “lo hubiera matado”. El lugar está lleno de machitos. fanfarrones. Siento lástima por ellos y por mí. Miro tibiamente los miembros de las chicas. Quiero estar solo. El lugar me atrae y me asquea en una proporción de 350 a 500.

xxxv



3

La luce che ci punge
è un filo sempre più sottile.

Più non abbagli tu, se non uccidi?
Dammi questa gioia suprema.

3

Esta luz que nos punza
es un hilo cada vez más sutil.

¿Ya no deslumbras tú si es que no matas?
Dame esa alegría suprema.



G. Ungaretti, número 3 de La Pieta

jueves, septiembre 15, 2005

xxxiv

******:

Veo la fotografía que me has enviado. Recuerdo a Radha Mitchell en High Art (film de Lisa Cholodenko). La protagonista es retratada al amanecer por su amante, Ally Sheedy, en una habitación llena de luz. La cámara insiste en las sábanas blancas, en la curva de la cintura, en el contorno, en la blancura de un cuerpo y su acomodo, en aquello que llamamos sonrisa. Curiosamente no pienso en aquel amanecer, en el nombre propio del que te fotografía, en el cómo ni en el por qué. En vez de eso miro tu cuello, tus labios, la disposición de la mirada, el cabello tan largo y negro cayendo hacia el costado. Pienso en el acomodo de los cuerpos, no sólo del tuyo. Cada día me sorprendo con la mirada fija en un tobillo, en el pliegue de una falda, en el vuelo de unas manos que se agitan, en el aroma que va dejando una colegiala por la mañana, caminando con prisa, cuidadosamente peinada. La mañana trae siempre ese destello sobre las cosas, las mismas que siguen cayendo en sí mismas, conservando el letargo, el afán de la espera. Cada día el destello, el aroma que logra escapar al disimulo. En una escena, Lucy Berliner fotografía a Greta, su amante alemana. Estoy cansado, ******, eso es todo. Uno camina cada mañana, aspirando un cigarrillo, sin poder mirar fijamente. Se descubre mirando un tobillo, el pliegue que ciertamente tienen las prendas, el giro de unas manos y el peso que adelantan en el aire. Uno se descubre por costumbre, me digo. Me asaltan, a veces, imágenes de una violencia mayor, las mismas que ceden ante el deseo y su elaboración tan pobre, programática, llena de lugares comunes. A veces todo aquello es lo mismo. La violencia desemboca en aquel afluente oscuro como imitando la dicha.
A veces la violencia es lo mismo.
Estoy cansado de mirar, es eso. Toda fatiga se resuelve en qué, vuelve en qué. Todo es de mañana, algún día.

Francisco

miércoles, septiembre 14, 2005

xxxiii

: Prefiero planear una violación, exponerme, a perder el tiempo en tratar de seducir a una mujer. Imagino los afanes, los tientos, toda la mierda que tendría que decir para conseguir un poco de sexo. Prefiero tomar aquello a la fuerza. Aquello me parece una necedad, lo otro una delicia.

xxxii



Baltasar Gracián: Sentencias del Oráculo manual y el Arte de la Prudencia.

5. Hacerse indispensable. No hace sagrada la imagen el que la pinta y adorna, sino el que la adora. El sagaz prefiere los que le necesitan a los que dan las gracias. La esperanza cortés tiene buena memoria, pero el agradecimiento vulgar es olvidadizo y es un error confiar en él.

13. Obrar con intención, con primera y con segunda intención. La vida del hombre es milicia contra la malicia del hombre: la sagacidad pelea con estratagemas de mala intención. Nunca hace lo que indica: apunta, si, para despistar; se insinúa con destreza y disimulo; y actúa en la inesperada realidad, atenta siempre a confundir. Deja caer una intención para tranquilizar la atención ajena, y gira inmediatamente contra ella, venciendo por lo impensado.

17. Variar de estilo al actuar. No obrar siempre igual. Así se confunde a los demás, especialmente si son competidores. No hay que obrar siempre de primera intención, pues nos captarán la rutina y se anticiparán y frustrarán las acciones. Tampoco hay que actuar siempre de segunda intención, pues entenderán la treta cuando se repita.

26. Encontrar el punto débil de cada uno. Este es el arte de mover las voluntades. Es más una destreza que determinación. Es saber por dónde se ha de entrar a cada uno. Primero hay que conocer el carácter, después tocar el punto débil, insistir en él, pues infaliblemente se quedará sin voluntad.

37. Conocer las insinuaciones y saber usarlas. Es el punto más sutil del trato humano. Se usan para probar los ánimos y, de la manera más disimulada y penetrante, el corazón.

77. Saber adaptarse a todos. Es el gran arte de ganar a todos, porque la semejanza atrae la simpatía. Observar los caracteres y ajustarse al de cada uno. Al serio y al jovial seguirles la corriente, transformándose cortésmente. Es necesario para los que dependen de otros. Esta gran destreza para vivir necesita una gran capacidad.

95. Saber mantener la expectación: alimentarla siempre. Hay que prometer más y mucho. La mejor acción debe ser hacer un envite de gran cantidad. No se tiene que echar todo el resto en la primera buena jugada. Es una gran treta saber moderarse en las fuerzas, en el saber, e ir adelantando el triunfo.

101. La mitad del mundo se está riendo de la otra mitad, y ambas son necias. Según las opiniones, o todo es bueno o todo es malo. Lo que uno sigue el otro lo persigue. Es un necio insufrible el que quiere regularlo todo según su criterio. Las perfecciones no dependen de una sola opinión: los gustos son tantos como los rostros, e igualmente variados. No hay defecto sin afecto. No se debe desconfiar porque no agraden las cosas a algunos, pues no faltarán otros que las aprecien. Ni enorgullezca el aplauso de éstos, pues otros lo condenarán. La norma de la verdadera satisfacción es la aprobación de los hombres de reputación y que tienen voz y voto en esas materias. No se vive de un solo criterio, ni de una costumbre, ni de un siglo.

viernes, septiembre 09, 2005

xxxi

: Comemos. Me pregunta si tengo novia, digo que no. Estoy cansado, pero me esfuerzo para no mostrarlo. Hace dos días nos acostamos por primera vez. Empieza a hacer preguntas. Su curiosidad es pobre y se contenta con algunos datos generales. En todo caso, se conforma con lo que le muestro. Yo estoy más ocupado viendo a aquella de catorce que está sentada cerca de nosotros, con sus padres. Borro la descripciòn de la misma. Dejo de interesarme en ella del mismo modo en que dejo de interesarme por lo que escribo. Borro las últmas líneas.

jueves, septiembre 08, 2005

xxx


And death shall have no dominion.
Dead men naked they shall be one
With the man in the wind and the west moon;
When their bones are picked clean and the clean bones gone,
They shall have stars at elbow and foot;
Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.



Dylan Thomas. Fragmento de And death shall have no dominion

miércoles, septiembre 07, 2005

xxix

: Vuelvo a escribir para tí y para mí. Sabrás que en cada escrito sólo te digo dos o tres palabras, siempre las mismas. Vuelvo a escribir. Sabrás aquello, bajo las sombras que sin querer nos aman.

lunes, septiembre 05, 2005

xxviii


: Muchas tazas después voy al baño. Dejo algunos papeles encima de la mesa, algún libro. Memorizo la disposición de los objetos, la mayor parte. También reparo en mi interlocutora. Me tardo en el baño más de lo necesario, mucho más. Al regresar noto que ha movido el libro de lugar, que le han servido más café, que el recipiente con azúcar y su cucharita han cambiado de sitio. También que la servilleta, la mía, en la cual simulaba escribir algo de suma importancia, y que había dejado boca abajo, ha sido amablemente leída. Su maquillaje sigue igual., pero su rostro refleja cierta especie de desasosiego. Le pregunto una necedad, le pregunto si es curiosa, si suele fijarse en los pequeños detalles.

domingo, septiembre 04, 2005

xxvii



i

Siempre que los hombres han deseado ser mujeres, han deseado -esencialmente- ser putas.

Los inválidos, los deformes, nos turban espiritualmente porque son la prefiguración de una de nuestras posibilidades.

La muerte quizá, el olvido, la nada, es lo que media entre la sensación y el hecho que la produce.

ii

Tú te reíste entonces y echaste a correr mientras las olas te tocaban los pies. ¿Cómo era posible todo esto si nunca habíamos salido de aquel cuarto y aquel cuarto pertencía a una casa y esa casa estaba situada en una calle, conocida y precisable, de una ciudad de tierra adentro? ¿Quién eres, pues, que así te presentas hecha toda de sombras a pesar de tu traje blanco de enfermera?
Es preciso nos hagamos de nueva cuenta la misma pregunta: ¿somos la materialización del deseo de alguien que nos ha convocado, de alguien que nos ha construido con sus recuerdos, con sus sombras que nada significan?

iii

COLOFÓN
La muerte es la operación del espíritu por la que tú, lector, y yo, autor de esta escritura, perdemos la importancia; aun si nuestra relación queda incólumne.


Salvador Elizondo

sábado, septiembre 03, 2005

xxvi

La cabeza sigue en su sitio, la tuya y la mía. Aquellos efectos olvidados, lo que no toca nuestros cuerpos, vuelven como un presentimiento de muerte. Deberías pedir mi cabeza, resolver este giro de una vez por todas. Deberías atar tu cabello al mío, cantar aquellos salmos que preceden a la fatiga del cuerpo y a los cuerpos. Deberías pedir para nosotros lo que no se repite, bailar con tus miembros amarillos, atada por la cintura si todo canto, el nuestro, se pierde en la penumbra, si pocas alegrías nos quedan.


jueves, septiembre 01, 2005

xxv


Imitación de la dicha

DONDE los árboles aumentan / el abandono de la tarde, / qué languidamente / se han desvanecido tus últimos pasos. /Apenas se muestran las flores / de los tilos, apenas insisten en su destino. // Un motivo buscas a tus afectos, /buscas en tu vida la experiencia del silencio. / Otros caminos me revela a mí / el tiempo reflejado en el espejo. Como la muerte / me entristece ahora la belleza / que como un relámpago veo en otros rostros. / He perdido todo rastro de inocencia, / hasta en esta voz que sobrevive / para imitar la alegría.

miércoles, agosto 31, 2005

xxiv

En contraparte, encuentro bastante sencillo alimentar las necesidades afectivas del otro. El mecanismo es fácil, basta actualizar las palabras del otro, sus afanes. Basta intuir lo que desea, lo que apetece, para devolverle algo a la medida, algo de manufactura simple, algunas palabritas en las cuales no caiga, de entrada, sospecha alguna sobre su veracidad. Basta fingir el apasionamiento, cierta desesperación, cierta entrega. Eso resulta, las más de las veces, infalible. Pocos pueden resistirse a la promesa de una intimidad mayor, de cierta identificación, de cierta empatía. Ha de suponer, acertadamente, que no todo puede estar calculado de manera tan fría. Por supuesto que mis necesidades han sido satisfechas en aquellos lances. Por supuesto que mis miserias se han visto recompensadas, retroalimentadas en menor o mayor medida. Por supuesto que hubo un tiempo en que yo no reparaba en todo esto, en que la dinámica estaba marcada por cierta inconsciencia. Tal escarceo, por otra parte, no dura mucho,:es obvio que está condenado al fracaso. El cansancio termina por apoderarse de uno, termina por hacerme devolver una imagen estática, fija, inmóvil, redundante. Tal vez de eso se trate todo esto, tal vez mi experiencia no sea muy distinta de lo que usted podría contar también como propio. Lo que quiero apuntar es que cada vez soy más consciente de todo aquello, que lo disfruto más, que el goce es mayor cuando más hay que satisfacer, cuando más hay que elaborar para que el otro se sienta amado, correspondido, embriagado por un licor de efectos que perduran, de efectos que sobreviven al tiempo, al olvido, al temblor de la carne.

martes, agosto 30, 2005

xxiii

Recuerdo, en mi adolescencia, haber usado un cinturón para asfixiarme mientras me masturbaba tumbado en el piso. Recuerdo, también, haberme golpeado con el mismo en la espalda, en los muslos, en los genitales. Luego vinieron los cortes en los brazos, luego, alguna vez, atreví con un emboquillado en el muslo izquierdo. Dando de tumbos en la Internet conocí los grupos de BDSM. Recuerdo haber agregado a cuanta "sumisa" dejaba su correo para ser contactada (debo decir que "elegí" el rol de Amo porque alberga la promesa de poder ejercer violencia sobre alguien más). En los primeros días conocí a una sumisa boliviana que me enseñó lo que un "buen Amo" debe saber; es decir, cómo tratar a las sumisas, cómo hacer para que las mismas no pierdan el interés en uno, más un largo etcétera que, en aquel momento, me pareció algo por demás fascinante; que terminó, también, por hacerme olvidar lo que realmente buscaba. La fascinación no decrecía: la misma boliviana me ofreció a varias "perritas" (sus perritas, por cierto) para mi "entrenamiento" (ella insistía en que yo tenía cierta vocación para llegar a ser un "Amo verdadero", de "los mejores"). Me revisaba las conversaciones, me corregía, me hablaba sobre la personalidad, de los gustos de fulanita y perenganita. En ese tiempo, después de salir de la Internet, me imaginaba violentando a aquellas mujeres de las cuales sólo conocía ciertas imágenes, cierta forma de escribir, ciertas apetencias y tono de voz. La posibilidad de ejercer violencia sobre otro cuerpo que no fuera el propio me resultaba deliciosa, irresistible. Seguí en eso hasta que conocí a una mujer de Celaya, Guanajuato. Las "clases", las lecturas, habían dado sus primeros frutos. La mujer estaba enamorada de tal manera de mí que pude haber hecho casi cualquier cosa con ella. Me acobardé, atreví menos de lo que venía imaginando todo ese tiempo. Para ese entonces ya me daba cuenta de lo patético podía ser todo eso, de lo ridícula que podía llegar a ser la asunción de cierto rol, de cierto "personaje". Lo más importante: la violencia estaba sublimada; lo estaba, por lo menos, en el ambiente con el cual yo me relacionaba. La búsqueda, la posibilidad de satisfacer cierta necesidad, ciertos impulsos inconfesables, estaba siempre pospuesta, lo sigue estando. Es muy probable que nunca llegue a atrever todo el imaginario que he venido alimentando todo este tiempo. La pregunta por el por qué, los supuestos, y todo aquello que he tratado de ignorar y dejar de lado al escribir esto, queda para una mejor ocasión. Con todo, no habré de renunciar, he de atrever lo más posible. Eso seguro.

jueves, agosto 25, 2005

xxii

Tu aroma permanece.

Leía a Juan Luis Maneiro y a Manuel Fabri: Vidas de Mexicanos Ilustres del S. XVIII. Libro lleno de exordios, alabanzas y panegíricos. He recordado aquellas palabras, las tuyas. No he podido sino buscar el rastro de tu aroma, los pequeños matices, el ínfimo punto desde el cual tu olor se desdobla para llenarlo todo.

Se dice, por ejemplo, que Campoy murió de gangrena, con la ingle inflamada por humores corrompidos. Yo digo que es una atroz coincidencia, insisto en no abandonarme a los presagios.

miércoles, agosto 24, 2005

xxi


"Cuando pienso en mis últimos veinticinco años me maravillo de cuán vacíos han sido. No puedo decir que realmente he vivido. Sólo los atravesé tapándome la nariz."

Y. M.

xx


¿Qué mujer, qué ligera,
habiendo atado su cabello al mío,
se ofrece en la penumbra?

¿Qué agridulce, qué aroma
es este que sube desde el hocico
de un animal cualquiera?

Par a par yugulando,
matarife cualquiera pues no importa.
Chillamos, beberemos
con cierto regocijo sobre un lecho:
leche, miel, amapola.

Los mismos que un día tejieron nuestros
cabellos, mujer, han de desatarlos.

sábado, agosto 20, 2005

xix

El correo recibido:

----- Original Message -----From: **** To: "francisco guillen" Subject: RE: SaludosDate: Thu, 18 Aug 2005 10:04:07 -0500

Paco:

Saludos, te escribo nada más para decirte que vivimos una época muy propicia para el disfrute de los sentidos. No, no me voy a poner a hacer un discurso ético. Quiero decir que está muy bien que las chicas usen pantalon acaderado. Pues así es posible verles los calzones, o la tanga de hilo dental, o tipo brasileño cuando se sientan y se les baja el pantalón hasta las nalgas. Pocas chicas no usan calzones, pero me ha tocado ver algunas que, efectivamente, no usan calzones. Solamente se ponen el pantalón. Y fijate que cada vez es más notorio que las chicas más jóvenes usen esa vestimenta. Cierto día vi a una niña, como de 13 años, platicando con otra, y cuando ví bien, me di cuenta que debajo del pantalón acaderado y de tela muy delgada, muy transparente, traía una tanga que terminaba en corte brasileño. Otro día ví a otra niña que no tenía aún los catorce y traía una falda de mezclilla que también era de corte a la cadera. Esa falda se baja y deba ver el borde superior de los calzones. O en otra ocasión, en la que ví a una chica sentada en las escaleras de la catedral, y aunque traía pantalón, por detras se le notaba la tanga de hilo dental, pues el pantalón se baja hasta las nalgas y deja ver muy bien todo el panorama. Ah, gratos placeres del voyeurismo. Esa chica quizás tenía 17 o 18 años. Bien, es todo por el momento, pues tengo más que contarte pero, en otra entrega, ¿sale?

Ah! Alana, Mayra y Helen usaban tanga de hilo dental, pues a todas se les notaba cuando se agachaban. Ni modo, a ver si las que estan ahora en su lugar se dejan ver y apreciar.

La respuesta:

Señor Don *****:

Encuentro que pasar al lado de aquellas jóvenes, oler su cabello recién lavado, es algo de lo cual no podría privarme; que imaginar el peso de sus tobillos es un goce mayor a tenerlo ahí, cuando toda antelación se ha resuelto ¿Es que habremos de procurar tan sólo la espera, es que sólo alimentaremos cierto deseo? ¿Podremos nombrar lo que deseamos? Todavía, ¿habrá fortuna y gracia en tal lance? Que no fatigue nuestras barcas el Leteo, tal es mi pedimento. Que nuestro deseo se resuelva con encanto y donosura, que podamos, amigo mío, pronunciar con plenitud el conjuro, que haya salvación para nosotros.

Francisco.

xviii



Versión definitiva (junio de 2009):

No tejas más tu cabellera, que no insistan tus manos. No quedará nada de nosotros. Has cerrado nuestros labios, no pronunciaré de nuevo tu nombre. Qué fue de aquella tarde, del mar que todo lo devora. Quién baila sin cabeza, quién es el tiempo de la ausencia. Ya no pronuncio tu nombre, mi Salomé, hermana primera del cuerpo.


Entrada original (agosto de 2005):

: todo bien, mi Salomé de cáncer en el colon, mi bestezuela. no tejas más la indolente cabellera, no insistan tus manos. queda mi boca, la que cantó algún día con hastío. queda la palabra que decimos, somos, aquel tu andar ligero. no te olvides de cerrar aquellos labios. no sin decir al oído tres veces tres una cifra, la espera de una tarde, de un mar que todo lo devora. todo eso que llamamos adiós, que nos llenamos. has de saber, hermana mía, que he guardado los efectos para cortar también lo tuyo, para bailar sin cabeza tres veces tres lo que llamamos lo mismo, lo propio, lo todo tiempo ausente. sabrás todo bien, muy bien mi Salomé, hermana primera del cuerpo.

miércoles, agosto 17, 2005

xvii



Me gustaba el aroma, pegar la nariz al borde. Pensaba en las niñas que me gustaban, imaginaba que ellas habían usado ese retrete (o cualquiera de los otros seis de la escuela), que habían estado ahí, con los calzones abajo, meando, cagando, poniendo las nalgas sobre esa superficie fría que, a pesar de la limpieza diaria, levantaba un aroma regular y constante. Al otro día las miraba de una manera distinta, sabía que tal vez una de ellas era la de la menstruación, la de la diarrea, la que ponía insultos anónimos contra su compañera de curso, la de la mierda embarrada con los dedos en una de las paredes. Después adquirí el gusto de oler el papel higiénico, de restregar la boca, parte del rostro. Otras imágenes me asaltaban, más explícitas, más pobres que las primeras. Frecuentaba el baño de las profesoras, pensaba en aquella de las medias color carne, de cabello corto, oscuro, la de la piel más blanca que había visto hasta entonces; pero no pensaba en poseerla, pensaba más bien en su falda tocando el piso, bajando las manos para limpiarse, con las piernas abiertas. Yo intentaba procurarme de todo aquello con cierta regularidad. Luego, sin darme cuenta, perdí lo adquirido.

Los motivos, en todo caso, no son importantes.

xvi



Intervalo / Intervalo / Intervalo




La acumulación como procedimiento:

El segundo movimiento de las negras es P4R; contragambito Alvin, le llaman, pobre e ineficaz contra el tercer movimiento de las blancas. Habría que preguntar, pero los procesos son rápidos, mecánicos, con poco margen para la mano que insiste, pobremente, en abrir el torax, escudriñar las entrañas. ¿Insistirá en el contragambito? El mismo jugador tira de nuevo / Same player shoots again: la misma toma en distintas tonalidades, un hombre empuñando un arma, la cámara en paralelo, un hombre con sombrero, TILT, una ventana. El filo destroza el hueso, lo corta. No hay señal de infección.

xv: Manuel de Sumaya: Misa A5 y Misa A8

Contemporáneo de Bach, Haendel y Scarlatti, cumbres del barroco europeo, Manuel de Sumaya (Ciudad de México, 1680; Oaxaca, 1754) alcanza una calidad contrapuntística elevada, fruto de la asimilación virtuosa de la tradición italiana y europea; misma que sabe incorporar con gracia al llamado estilo novo hispano, por demás incipiente y “casi” inexistente (sabiendo, además, que lo que llamamos nacionalismo musical surge como corriente decisiva en Europa hasta el Siglo XIX, con el romanticismo)

En el campo de la música teatral, M. S. compone la música para La Parénope, texto de Silvio Stampiglia. Puesta en escena el primero de mayo de 1711, en el palacio virreinal, teniendo por motivo el nacimiento del príncipe heredero Luis, el 25 de agosto de 1707 en Madrid. Considerado desde los trece años como prodigio, gana en 1694 una subvención del cabildo metropolitano para estudiar ejecución con José de Ydiáquez, organista catedralicio, y composición con Antonio de Salazar. Habiendo contado a lo largo de su vida con la protección de benefactores importantes, M. S. muere en Oaxaca, el 5 de Octubre de 1754, después de nueve años de maestro en la capilla de la Catedral.

La Misa A5 está escrita para un coro mixto y un tenor solista, el cual establece un diálogo antifonal con el coro; es decir, el coro le contesta al solista. Destacan los cambios de velocidad en un mismo movimiento. La Misa A8, por su parte, está escrita para un doble coro y cuerdas, incluyendo a una soprano solista. A diferencia de la Misa A5, hay partes para una sola voz y otras en que la misma se incorpora como una quinta parte del coro (los coros conservan el llamado diálogo antifonal) La resulta, el coro I es de 5 voces y el coro II de cuatro, dando una polifonía de nueve voces, que habla de la complejidad de la obra. Hay, además, solos para contralto, tenor, y soprano segunda. Destaca la tonalidad, lo atractivo del “color”.


Clave del disco: CD-MQ-IMC-005

lunes, agosto 15, 2005

xiv: "Conversación" de no más de tres minutos.



Aquello dice:
manda una foto donde se te vea el hocico
SOFI dice:
que es hocico

xiii

Versión definitiva (mayo de 2009):

Me gustaría que el filo (su voluntad) no abandonara mi cuerpo, mostrarte cómo y dónde he sido marcado. Me gustaría que supieras esto, mujer, antes de conocernos. Para que sepas que no hay indiferencia cuando me dirijo a ti, que hay todo de estremecimiento cuando nos encontramos, todo de violencia cuando estrechamos la mano, y me inclino para besar tu mejilla. Me gustaría que supieras. Para que el filo (aquello que piensa contra sí mismo, aquello que finge ser lo que piensa) se quede en nuestros cuerpos, para que no haya peso en aquellas caricias.



Primera versión (15 agosto de 2005):

: para que muerto uno arranquen la piel, la pongan a la vista de los que aquí han de quedar (sería delicioso saber cómo, con qué manos tocarían) para que muerto uno arranquen los miembros, para que el filo no abandone mi cuerpo. quisiera supieras todo esto, mujer, antes de conocernos. para que sepas no hay indiferencia cuando te hablo de cualquier cosa. que hay todo de estremeciemiento cuando cruzamos la mirada, que hay todo de violencia cuando estrechamos la mano, cuando me inclino para besar tu mejilla. de tu cuerpo haré lo que no puedo hacer ahora. para que el filo se quede en nuestros cuerpos. para que no haya peso en aquellas caricias.

domingo, agosto 14, 2005

xii



También ella me creyó todo (casi todo).

La primera vez que nos reunimos, por ejemplo, le dije que la amaba: ella no lo dudó ni por un momento.

Recuerdo que me miró a los ojos: sólo encontró amor, amor del bueno, del que dura para siempre.

En general, con ella bastaba acentuar cierta torpeza para que creyera que era la primera en todo (casi todo)

A los 15 minutos hacía lo que suelen hacer las enamoradas: canturreaba en mi oído cualquier cosa.

Aquello duró dos meses.

sábado, agosto 13, 2005

xi. Marina Tsvetáieva


Me abrí las venas sin parar,
irreprimible, brota la vida.
Poned recipientes:
encontrarán un vaso
lo bastante hondo.
Rebasará el borde,
fluirá hacia afuera:
a la negra tierra,
a nutrir la hierba.
Irreversible, incontenible,
irrestituible
el verso brota. (1)

En Breve noticia de Marina Tsvetáieva, versión de Tatiana Rubnova. Revista Biblioteca de México, Núm. 9 / Mayo-Junio de 1992. p. 17

x.

Me gustaría dar contra tu carne, abrirla hasta poder meter el puño; soltar un poco las manos. Quiero dejar de pensar en esa niña del transporte público: blanca de cuerpo y de sonrisa.

Porque lo cierto es que no puedo dejar de pensar en ella, en lo bien que se ha de sentir caminar a su lado; sostener su mano; besar su rostro con ternura.

viernes, agosto 12, 2005

ix. Villon


RONDEAU


MUERTE, protesto tu rigor,
pues me han robado a mi querida
y no te sientes aún tranquila,
si no me dejas en langor.
Pues no hubo fuerza ni vigor,
¿en qué te pudo herir su vida,
Muerte?

Un corazón fuimos los dos;
si ha muerto, el fin es ya mi guía;
o bien que viva yo sin vida,
como una estatua, sin razón.
¡Muerte! (1)

1. Francois Villon. Poemas. Trad. de Mercedes Lloret. Plaza & Janes, S.A., Editores. Barcelona, 1977. p. 109. ISBN: 84-01-81029-9


*

Fotografía:

Castillo, Rafael

    [Cadáver de niña muerta sobre podio]. – [Lima : Rafael Castillo, 187-?].
    1 placa de vidrio en colodión; negativo : 10 x 12 cm.
    Colección Biblioteca Nacional del Perú.

    Reproducido en papel ILFORD PERLA en 40 x 50 cm.

viii. Pirrónica




Juliano, poeta del Siglo VI d.C, escribió un epigrama en el que se burla del filósofo escéptico Pirrón. Lo hizo a partir de la siguiente anécdota de la vida de Pirrón, referida por Estobeo en la Antología Palatina (Anth. IV 53, 28): "Pirrón decía que no hay ninguna diferencia entre estar vivo y estar muerto; alguien le dijo: ¿Por qué, entonces, no te das muerte? Y él contestó: Porque no hay ninguna diferencia"

El epigrama de Juliano presenta el diálogo entre él (a) y el escéptico (b):

a. ¿Estás muerto Pirrón? b. Lo dudo
a. ¿Cómo es que después de
muerto dices que lo dudas? b. Lo dudo
a. La tumba acabó con la duda.


Algunos años después, y por considerar el texto de Juliano como una afrenta, Octavio Paz le responde: 



EN DEFENSA DE PIRRÓN




A Juliano
Antología Palatina VII, 576.

Juliano, me curaste
de espantos, no de dudas.
Contra Pirrón dijiste:
No sabía el escéptico
si estaba vivo o muerto.
La muerte lo sabía.
Y tú, ¿cómo sabes?(1)



1. Paz, Octavio. Obra Poética (1935-1988),  Seix Barral, Barcelona: 1990, p. 677

miércoles, agosto 10, 2005

vii

El mismo
collar, una bolsa de piel


Por eso los zapatos
negros, las piernas blancas sin rasurar.
Por eso, porque hay que
evitar que se arranque trozos de piel.

A veces su mirada
se cruza con la mía: eso es todo
si dice poco y nada,
si descalza los pies, los amarillos.
Por eso, porque hay qué,
acariciando el cómo.


Entrada original:

Por eso los zapatos / negros, las piernas blancas sin rasurar. / Por eso, porque hay que / evitar que se arranque trozos de piel. // Y a veces su mirada / se cruza con la mía, y eso es todo. // Por eso mismo, porque hay que.

vi. Maurice Blanchot




El mundo de los amantes, en La comunidad inconfesable. Trad. David Huerta. Editorial Vuelta. México: 1992. ISBN: 968-6229-61-2

Frente al espacio social ("el pueblo"),  hay cierta asociación a modo de opuesto; el espacio que forman los amigos y la pareja. Entre uno y otro, un "abismo" ("que ninguna superchería retórica puede suprimir"). Asociación que, señala Blanchot, tiene carácter de ajena y antisocial. Dicha oposición está planteada de modo sencillo. Lo uno, el pueblo, como una "árida soledad" (Régis Debray), frente a lo otro, aquel espacio de intimidad: el "mundo verdadero de los amantes" (que supone al mismo tiempo un olvido del mundo). Antagonismo entre la "sociedad ordinaria" y el "tenue relajamiento del vínculo social" (Bataille)


Transcripción de la última parte del texto:

(...) afirmación de una relación tan singular entre los seres que el amor mismo ya no le es necesario, pues éste, que por lo demás no es nunca seguro, puede imponer su exigencia en un círculo donde su obsesión llega incluso a tomar la forma de la imposibilidad de amar. Es decir, el tormento no sentido, incierto, de los que, habiendo perdido "la inteligencia del amor" (Dante), quieren sin embargo, todavía, tender hacia los únicos seres a los que no podrían acercarse con ninguna pasión viva.

martes, agosto 09, 2005

v

11 de febrero de 2008.

Entra en la iglesia y repite para sí la misma plegaria.

Recuerda cierto cuadro: San Pedro mártir curando la pierna de un muchacho. Lo ha mencionada antes, en un blog donde ya no escribe.

La iglesia se llena de murmullos de palomas. El murmullo es tal que la plegaria, la propia, se vuelve un canturreo del cuerpo, un pliegue del mismo que ronza y lastima.

Martirio del cuerpo por el cuerpo. Pero no hay revelación.


Texto original de la entrada:
Vivarini: nombre de una familia de pintores venecianos cuyos principales miembros fueron: Antonio (m. 1480?), uno de los mejores dibujantes de su época; Bartolomeo (m. 1499?), hermano y discípulo de antonio, y Alvise (1446?-1503?), hijo de Antonio y discípulo de Bartolomeo.





San Pedro Mártir curando la pierna de un muchacho:
Antonio Vivarini, c1440, Metropolitan Museum of Art, New York



lunes, agosto 08, 2005

iv. Sumisión femenina (1)

Verano de 2006. Querétaro, Qro.

La hice caminar en cuatro patas hasta el cuarto de baño, hasta la regadera. La estimulaba con rudeza, sin escuchar sus súplicas.

Le dije lo que esperaba que sucediera, paso a paso.

No puedo hacerlo y al decirlo, desesperada y jadeando, intentaba contener el sonido de sus tripas.

Disfruté de su sentido del decoro, de su rostro ruborizado, a pesar de la total impudicia.

iii


So bist du denn geworden

Y has llegado a ser
quien jamás conocí:
palpita en un país
de fuentes, por doquier

tu corazón; ni boca
bebe allí ni forma orla
la sombra: agua rezuma
el brillo, brillo espuma

cual agua, y subes fuentes,
te ciernes por los brillos,
creó un juego tu mente,
que demanda el olvido.


ii.

8 de agosto de 2005:

La última vez vomité.

No sé cómo explicar mi temor a la muerte.
Cada vez lo cuento menos, con menos detalles.

11 de febrero de 2008:


La última vez,
ayer por la tarde, rompí el espejo con el puño.
Lloré, me encerré en el baño
y abrí las llaves.

Alguien salió de mi habitación.
Alguien estaba en mi habitación.


i. Viceversa




Algún día me arrancaré la cabeza / Eso es todo.



Revisado el 12 de febrero de 2008